domingo, 26 de febrero de 2023

Apuntes marxistas sobre el "racismo inverso" (parte II)


En el texto anterior concluía que el "racismo inverso" no existe en el mismo sentido que el racismo sistémico, con orígenes históricos y, sobre todo, con una función social que ha sido la justificación de la esclavitud en la Modernidad. 

Igualmente, por analogía concluía que la "misandria" no existe en el mismo sentido que la misoginia, que también ha servido para justificar la discriminación económica, jurídica y política de las mujeres. 
El "racismo inverso" y la "misoginia" no existirían como elementos ideológicos dominantes y funcionales, parte de un sistema históricamente existente. 

Pero ha quedado en el aire entonces qué serían, de qué modo existirían. Y en esta segunda aproximación intentaré dar cuenta de mis ideas al respecto, que, por cierto, han sido motivadas por el intercambio de argumentos.

Ya en la primera parte de esta reflexión hablé de cómo la base y la superestructura se moldean por la lucha de clases. Hay una relación de propietario y no propietario, de una clase que explota a la otra. Pero esa relación es dinámica. La clase no propietaria ha luchado para mejorar su posición. Esa lucha ha tenido efectos económicos, jurídicos y políticos. Y también ha tenido expresión a nivel ideológico.

La clase trabajadora ha logrado derechos laborales, la fijación de un horario, el salario mínimo, sindicatos, prestaciones como el seguro médico y la educación pública. Ha presionado en todos los niveles de la superestructura para que las leyes y los sistemas políticos se modifiquen y le otorguen beneficios. No ha sido algo fácil ni definitivo. De cuando en cuando la clase trabajadora tiene que defender lo conquistado. A veces pierde terreno y a veces gana. 

Hablando específicamente de la ideología, la clase trabajadora ha logrado condensar un sistema de ideas y discursos que cuestionan la explotación, en lugar de validarla, y que evidencian también cómo la clase propietaria domina a nivel jurídico y político. En este sentido, de la lucha de clases en todos los niveles sociales ha surgido también una dialéctica a nivel de las ideas. 

El tema es escabroso, porque podemos llegar a la conclusión de que sólo cuando la ideología revolucionaria revela el engaño de la ideología dominante y transparenta la condición de subordinación en todos los niveles, sólo entonces la lucha de clases puede ser efectiva y favorable a la clase trabajadora. Estaríamos dándole un papel de primacía a la teoría, sobre la práctica. Creo que también ambas (teoría y práctica) están sujetas a la dialéctica.

Quizá los ejemplos esclarezcan. Pensemos en un esclavo africano del siglo XVII que ha sido vendido en Haití, harto del maltrato y quizá azotado por el amo, un día entra en cólera y lo asesina. Ese acto individual de violencia contra el amo sería un caso de resistencia en el nivel más básico e irracional. Probablemente al esclavo lo atrapen y lo ejecuten, con tortura aleccionadora de por medio. 

Imaginemos que ese esclavo se convierte con el tiempo en el icono de otros esclavos, que lo toman como ejemplo, sabiendo, sin embargo, que matar a los amos, al menos de manera aislada, no sería la solución para liberarse. Imaginemos que preparan una revuelta en toda una plantación y que se revelan en grupo, asesinan a los amos y sus capataces, toman lo que pueden y escapan.

Ahí ya tenemos un nivel un poco más complejo de resistencia. La práctica ha dado como resultado la conciencia de que no se debe actuar solo. Sin duda, para matar a los amos y sus capataces debe haber un odio hacia ellos, incluso un "racismo inverso" que se opone al racismo sistémico. 

Con el tiempo, sin embargo, las autoridades coloniales de la metrópoli envían tropas que retoman el control de la plantación, persiguen a los esclavos a donde pudieran esconderse y a unos los atrapan, a otros los matan y a otros los dan por desaparecidos. Como no todas las plantaciones de Haití se levantaron y como no todos los esclavos se rebelaron, la revuelta no funcionó, finalmente.

Pero imaginemos que toda esa historia de lucha de clases ha convencido a los amos de que no les conviene estar enfrentando revueltas de esclavos todo el tiempo, por lo que algunos opinan que debe haber escarmiento ejemplar y otros que debe haber concesiones. Los primeros quieren mutilar y ejecutar públicamente a los revoltosos. Los segundos quieren prohibir los azotes y mejorar un poco las condiciones de vida de los esclavizados. Incluso hay unos que comienzan a cuestionar la esclavitud. 
Así, la lucha de clases modifica un poco las reglas. Ahora hay entre la propia clase propietaria ideas menos opresivas, que pueden irse condensando. Igualmente, en la clase no propietaria, con esas lecciones históricas y experiencias, se desarrollan ideas que antes sólo eran reacciones individuales o muy limitadas. 

El odio del negro hacia el blanco surgiría como resultado de la opresión. A pesar de su irracionalidad, tendría un papel como motor de la rebelión. Pero su muy poca complejidad no sería muy eficiente para la revolución y la emancipación. Tendría un largo camino que recorrer para convertirse en una teoría emancipatoria, una ideología contestaria que lograra oponerse a la ideología dominante. Mientras, sería sólo una especie de reflejo invertido del racismo dominante y sistémico.

¿Sería entonces algo real el "racismo inverso"? Sí, pero en otro sentido que el racismo dominante. Para empezar, sería una suerte de efecto de este último, un producto, una reacción, un reflejo. No se daría por sí mismo. Sería derivado. Eso se notaría en que, si los blancos son superiores, según el racismo dominante, para el "racismo inverso" más bien serían inferiores. Es decir, reproduciría el discurso del racismo, sólo volteando los roles.

Lo importante sería si este "racismo inverso" puede, en efecto, transformar la sociedad. Entramos en el terreno de la distopía. Si ese "racismo" invertido triunfara tendríamos, en todo caso, un mundo al revés, con los blancos esclavizados por los negros. El futuro sería lo opuesto que el pasado. 

Pero si queremos hablar del presente. Tenemos que plantear el tema del "racismo inverso" en la sociedad liberal. ¿Para qué se usa ese término? ¿Qué función tiene? Y nos damos cuenta que el uso que se le da es para desacreditar a las y los que, de manera reactiva, parecen odiar a los que odian. Los que "discriminan" a una persona por ser blanca, dentro de un sistema en el que la blanquitud sigue siendo lo dominante.

Así, los que denuncian el "racismo inverso" descalifican a estos otros racistas de "hacer lo mismo" que los racistas. Y eso es lo que desmiento. Pues los racistas dominantes hablan desde una posición construida históricamente, que no tienen esos otros "racistas". El descalificar de "racistas inversos" a los que odian a los blancos tiene una función ideológica también. Y tiene su parte de falsedad, que es lo que expuse en el texto anterior.

Pero, como he tratado de aclarar aquí, también tiene su parte de verdad. El "racismo inverso", como efecto del racismo dominante, es una posibilidad. Y algunos pueden denunciarlo con el asidero conceptual del liberalismo y la igualdad, pero también puede ser aprovechado para descalificar luchas legítimas. 

En principio, diríamos entonces que el "racismo inverso" es parte, tal vez, de la resistencia contra el racismo y la lucha de clases. Pero que, como elemento ideológico, es demasiado básico y se limita a ser un reflejo del racismo dominante. Y también es un instrumento conceptual de los privilegiados.
Es parte de la dialéctica. Un momento en el camino de la "superación de la oposición". El odio especular al blanco, denunciado por el liberal, no superaría esa oposición, si acaso la mantendría, con signo opuesto. 

El liberal puede entonces decir que "no está bien odiar" a nadie, aunque esté parado en un sistema con raíces históricas racistas y en el que perviven cualquier cantidad de prejuicios y discriminaciones reales y materiales. Pensemos en las tasas de pobreza de blancos y negros en Estados Unidos. En la diferencia de presos negros y blancos. O en la brutalidad policíaca que se ensaña sobre todo contra los afroamericanos. 

El liberal tiene parte de razón en su llamado a "no odiar a nadie", pero ese discurso se queda corto frente a los efectos económicos, jurídicos, políticos e ideológicos de siglos de racismo o odio a los negros. 

Igualmente, el negro que odia a los blancos está reaccionando, de forma básica e irracional, al sistema de opresión y el odio que padece. Pero ese odio se queda igualmente corto en la superación de la oposición. 

¿Cómo sería esa superación? La respuesta escapa, a mi parecer, al tema del racismo. Y debe incluir el sexismo, la homofobia y, en primer lugar, el clasismo y la lucha de clases. El liberal cree que puede superar el racismo, el sexismo, la homofobia y el propio clasismo sin superar el capitalismo, cuando este sistema, ésa es la médula de la cuestión, se construyó con base en el racismo, el sexismo, la homofobia y el clasismo.

Es como si quisiera "limpiar" en capitalismo de sus pecados y conservarlo así, purificado, para siempre. Otros pensamos, al contrario, que el racismo, el sexismo, la homofobia y el clasismo sólo serán superados plenamente junto con el capitalismo. Y que las luchas han de ser interseccionales. 
Frente al racismo y sus reflejos no proponemos un racismo inverso, sino lo inverso del racismo, como frente al capitalismo no proponemos simplemente el empoderamiento de la clase trabajadora y el sometimiento de la clase propietaria, sino la anulación de las clases.

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