domingo, 22 de octubre de 2023

Infierno e infinito


Entre los mitos griegos antiguos encontramos a una serie de personajes que han sido castigados a realizar labores repetitivas sin término. 

Sísifo, acaso el más conocido, está condenado a empujar una enorme roca cuesta arriba, sólo para que ruede de nuevo hacia abajo y se repita el proceso, sin fin.

Las danaides, hijas de Dánao, fueron castigadas por el asesinato de sus esposos y tienen que llevar agua a un barril agujereado, sin descanso. 

Ocson, por su parte, acaso por impiedad (habría matado al buey Apis), ha recibido como pena anudar dos lazos para trenzar una cuerda, sólo para que, inmediatamente, una burra se la coma.

Estos trabajos infernales no tienen fin, en ambos sentidos: no tienen término y no tienen un propósito, más allá de la propia labor repetitiva. Se les ha quitado el sentido, el para qué, y sólo ha quedado el trabajo, que no puede terminarse. 

No se trata de castigos interminables en los que el que los sufre está inmóvil o es pasivo, como Prometeo, condenado a que un cuervo le devore el hígado, que crece otra vez para que el ave vuelva a comérselo. O Ixión, que está atado con serpientes a una rueda sobre una hoguera. Se trata, en cambio, de castigos en los que el infortunado tiene que trabajar, sabiendo que no podrá acabar jamás y que, además, su trabajo es absurdo.

Si pasamos de los mitos a nuestra realidad, ¿qué pasaría si nos diésemos cuenta de que también nosotros estamos condenados, de forma similar, a realizar tareas interminables o sin sentido? ¿Podríamos soportar la idea de que no hay un para qué de lo que hacemos más allá de repetirlo incesantemente? 

La Cristiandad ofreció a occidente un sentido por cientos de años. El sentido de la vida individual era la salvación. Y el destino de la humanidad sería preparar la segunda venida de Cristo, para llegar así al paraíso en la Tierra. Había una historia, es decir, una trayectoria del tiempo en la que se puede enmarcar un pasado, un presente y un futuro, con un término, el Juicio Final. Después, vendría la eternidad del gozo o del sufrimiento.

Para Nietzsche, con la "muerte de dios" se acabó también el sentido cristiano. La Modernidad diseñó reemplazos. La Ilustración y el positivismo predicaron la "Edad de la Razón" como un ideal, que culminaría cuando en todas las áreas de la vida humana prevaleciera la racionalidad, desde la ética individual hasta la política, pasando por las actividades productivas. Según esta perspectiva, hay historia y su fin es la construcción de una sociedad racional, basada en la ciencia.

Una derivación de ese sueño moderno es el marxismo. El sentido de la historia es la emancipación de las clases explotadas, en todos los medios de producción. El esclavo, el siervo y el obrero, como avatares de la clase oprimida, se suceden uno a otro en una gran odisea hacia la sociedad sin clases, que vendrá después de la revolución, como acontecimiento de ruptura que inaugurará el socialismo y, como punto final, el comunismo, la sociedad sin clases, sin Estado, sin explotación y sin desigualdades. 

El sueño de la razón moderna produjo monstruos. La razón y la ciencia se aplicaron también para el exterminio en los campos nazis. Y en nombre de la revolución también se cometieron atrocidades. Los reemplazos de dios como dotador de sentido se revelaron no sólo como insuficientes sino también como peligrosos.

Cada vez más alienados, ahora parece que el sentido ha escapado de nuestras manos. Lo que se reproduce y crece no es la humanidad, sino sus productos, ahora reificados. Los grandes sistemas políticos y, sobre todo, productivos, nos reclaman como medios para sostenerse y crecer. Los aparatos estatales y la industria se sirven de nosotros para sus propios objetivos, que no son otros que empoderarse sin pausa.

No hay un conductor en todo esto. La maquinaria a la que servimos se dirige sola, consumiendo recursos y seres vivos. No hay dios, no hay razón ni clase revolucionaria que pueda detenerla. Y lo sabemos, como Sísifo, como las danaides y como Ocson sabían perfectamente que lo que hacían escapaba finalmente a su voluntad.

Acaso lo nuestro sea peor. Los condenados de los mitos griegos tenían garantizada su existencia, así fuera repetitiva y absurda. Nosotros sabemos que más bien con dirigimos al abismo de la aniquilación. Parafraseando a Benjamin, el "freno de emergencia" de la "locomotora del progreso" quizá haya fallado, quizá nunca existió.

¿Debemos entonces arrojarnos al nihilismo? La conciencia del sinsentido nos aparta de ese camino. El nihilista desconoce el absurdo. Nosotros no. Nietzsche propuso como salida asumir el eterno retorno. Lo que daría sentido al todo sería decir "yo quiero", un "sí" a lo que hay, a lo que fue y a lo que habrá. Un "sí" eterno de la voluntad. Ésta es nuestra vida y desearíamos vivirla una y otra vez, sin culpa y sin resentimiento. 

Otra opción es que nos recreemos frente a la tragedia como en un espectáculo y que hagamos del miedo parte de una emoción estética frente a la obra dantesca y el fin catastrófico que tenemos enfrente.


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