Desde principios de mayo de este 2023, el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos desarrolla una huelga que ya se empalmó con la de los actores y actrices de Hollywood, que comenzó en julio. Ambas detonaron en fechas simbólicas (el Día del Trabajo y el Día de la Independencia de EE. UU.).
En el caso de los guionistas, uno de los motivos centrales de la inconformidad de los trabajadores es el uso de la inteligencia artificial para desplazarlos, al menos en una parte de proceso de creación. Lo que temen es que herramientas como Chat GPT o Bard sean utilizadas para corregir o mejorar los borradores de guion, lo que provocaría una caída en los salarios o percepciones.
No es lejano el escenario en que un "chatbot" o un "bot conversacional" con el suficiente "aprendizaje" o "entrenamiento" pueda ser capaz de redactar un guion, más o menos de calidad. Parece que lo hay que hacer es emplear los guiones ya existentes (fruto de trabajo humano) para que la inteligencia artificial los imite.
Es decir, estamos frente a otro fenómeno de la enajenación: la creación humana se enfrenta a los propios humanos como una fuerza no sólo ajena, sino también hostil. Los guiones que han hecho por años y décadas los trabajadores ahora pueden ser el material con el que los robots sean adiestrados para reemplazarlos.
Como ya se ha dicho, esto no sería un problema si los estudios y las casas productoras no fueran propiedad privada, con el objetivo del lucro y la reducción de costes como prioridades. Si pueden más o menos mecanizar la creación de guiones, hasta cierto grado o completamente, se ahorrarán mucho dinero en salarios y regalías. De paso, se quitarán encima las amenazas de huelga.
Si esos estudios y casas productoras fueran, en cambio, propiedad colectiva, no habría esa contradicción y esa lucha de clases, entre los propietarios y los empleados, entre los capitalistas y los trabajadores. La inteligencia artificial podría ser utilizada para que los guionistas pudieran liberar su tiempo y emplearlo en otras actividades que los "bots" aún no pueden hacer.
El capitalismo en su etapa tardoindustrial está mostrando más y más contradicciones internas. La enajenación tecnológica no es un tema de ciencia ficción. Ya desde la Revolución Industrial ha habido movimientos de protesta contra las máquinas. Sólo una grado de conciencia mayor ha permitido enfocar que el enemigo no es la tecnología, y ni siquiera los dueños de la misma, sino el esquema de la propiedad privada, la médula del capitalismo.
"En los próximos tres años, verán una película escrita por IA, (y será) una buena película", declaró hace semanas el director Todd Lieberman, rompiendo con el tabú de que el arte no podría ser creado por un robot. Es algo que, en cierta medida, ya es posible. Quizá Lieberman no se da cuenta de las implicaciones de lo que ha dicho, pero los guionistas sí y están luchando.
¿Será que no hay actividad humana que no pueda llegar a realizar una máquina? ¿Llegará el día en que también el análisis de las implicaciones de la inteligencia artificial pueda ser realizado por la propia inteligencia artificial?
¿Es paranoia? ¿Es una locura? ¿Es una rebelión sin sentido? Cuando se trata de la lucha de clases, hay que darle el beneficio de la duda a la clase trabajadora organizada. Después de todo, es la que está más cerca de la realidad social y sus procesos complejos.
