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Harmen Steenwijck - Vanitas |
Epicteto fue esclavo desde niño. Nació en una pequeña ciudad ubicada en el territorio de la actual Turquía y fue llevado a Roma, para servir en la casa del secretario de Nerón. Pasó toda su infancia, toda su adolescencia y su juventud en esa condición.
No sabemos cuándo fue liberado,
pero sí que se dedicó a la filosofía, es lo que eligió cuando obtuvo su
libertad. La suerte parecía no estar de su lado. El emperador Domiciano lo
condenó al exilio, junto con todos los filósofos que hubiera en Roma, los consideraba
rebeldes y peligrosos (también expulsó a los que se dedicaran a las matemáticas
y la investigación de la naturaleza).
Epicteto entonces tuvo que dejar
la ciudad en la que había vivido casi cuarenta años. Se dirigió a Nicópolis,
una tranquila ciudad costera de Grecia, y ahí fundó su escuela.
Enseñaba el camino a la
"ataraxia", la imperturbabilidad, el mantener un estado de ánimo
tranquilo, sereno, seguro, sin sobresaltos.
¿Cómo se lograba eso? Controlando
nuestras "representaciones" y nuestras emociones sobre el mundo.
El desasosiego, la
intranquilidad, el miedo, la ira, surgen de las representaciones que nos
hacemos del mundo. Creemos que la pobreza, la enfermedad o la muerte son males
que nos amenazan, siendo que, en realidad, no dependen de nosotros.
Él, que había sido esclavo casi
por nacimiento, ¿cómo se podría perturbar por eso? Sería en todo caso su
Destino, algo que no estaba en sus manos. Lo más prudente para la tranquilidad
del alma es aceptarlo, asumirlo, sin agobiarse por ello.
El que tiene riqueza teme caer en
la pobreza. El que es sano teme todo el tiempo la enfermedad. Y la muerte es un
pensamiento que nos persigue todo el tiempo. Son males, así los vemos, así nos
los representamos.
Epicteto consideraba, como
Sócrates, que el único mal verdadero era hacer el mal al prójimo. Lo demás no
es ni bueno ni malo, al no depender de nosotros, como sí depende no hacer el
mal y hacer el bien.
La pandemia nos agobia, tememos
la enfermedad, la ruina, la muerte. En cierta manera, ya las padecemos, sin
tenerlas presentes, las sufrimos como males que pueden llegar, es nuestra
representación la que nos impide la ataraxia, la tranquilidad del ánimo.
¿Qué es lo que tendríamos que
hacer? Asumir que no está en nuestras manos completamente evitar un contagio,
lo que tenemos que hacer más bien es cuidar a los demás para no contagiarlos.
Pueden despedirnos en cualquier
momento, es una decisión que en buena medida tampoco depende de nosotros. ¿Por
qué nos consumiría pensar en eso? Lo que tenemos que pensar es cómo ayudar a
los demás, hacer el bien, lo que sí está en nuestras manos (yo, como maestro,
por ejemplo, me concentro en que mis alumnos, a pesar de las condiciones,
aprendan algo de filosofía, sigan con su formación).
¿Y la muerte? Puede llegar en
cualquier momento, de formas inesperadas, hasta fortuitas, un accidente, una
agresión, un asalto, incluso un rayo caído del cielo, un terremoto, un incendio
nos puede matar. ¿Por qué padeceríamos pensar en la muerte? Como en aquel
dicho: "Es peor pensar la muerte sin morir, que morir sin pensar en
ella". La muerte de todas maneras va a llegar, es inevitable, es el
destino humano, la única certeza. Representárnosla como un mal es lo que nos
provoca sufrimiento.
Si no logras mantener la
imperturbabilidad, lo que tienes que hacer es revisar tus representaciones
sobre el mundo, reflexionar en lo que temes, en si realmente es un mal, si tú
puedes controlarlo o no. Y recordar siempre que lo único que realmente
controlas es tu acción moral dirigida hacia los otros. De lo único que deberías
ocuparte es de no dañar a los demás.
La felicidad reside en la
ataraxia, la moderación, la práctica del bien, la serenidad del ánimo, disipar
los temores, asumir el destino, controlar nuestras representaciones sobre el
mundo, reflexionar y llevar una vida contemplativa.
Y eso se puede hacer en todo
momento, aunque haya una pandemia.
