lunes, 11 de julio de 2022

Pandemia y estoicismo

                    Harmen Steenwijck - Vanitas

Epicteto fue esclavo desde niño. Nació en una pequeña ciudad ubicada en el territorio de la actual Turquía y fue llevado a Roma, para servir en la casa del secretario de Nerón. Pasó toda su infancia, toda su adolescencia y su juventud en esa condición.

No sabemos cuándo fue liberado, pero sí que se dedicó a la filosofía, es lo que eligió cuando obtuvo su libertad. La suerte parecía no estar de su lado. El emperador Domiciano lo condenó al exilio, junto con todos los filósofos que hubiera en Roma, los consideraba rebeldes y peligrosos (también expulsó a los que se dedicaran a las matemáticas y la investigación de la naturaleza).

Epicteto entonces tuvo que dejar la ciudad en la que había vivido casi cuarenta años. Se dirigió a Nicópolis, una tranquila ciudad costera de Grecia, y ahí fundó su escuela.

Enseñaba el camino a la "ataraxia", la imperturbabilidad, el mantener un estado de ánimo tranquilo, sereno, seguro, sin sobresaltos.

¿Cómo se lograba eso? Controlando nuestras "representaciones" y nuestras emociones sobre el mundo.

El desasosiego, la intranquilidad, el miedo, la ira, surgen de las representaciones que nos hacemos del mundo. Creemos que la pobreza, la enfermedad o la muerte son males que nos amenazan, siendo que, en realidad, no dependen de nosotros.

Él, que había sido esclavo casi por nacimiento, ¿cómo se podría perturbar por eso? Sería en todo caso su Destino, algo que no estaba en sus manos. Lo más prudente para la tranquilidad del alma es aceptarlo, asumirlo, sin agobiarse por ello.

El que tiene riqueza teme caer en la pobreza. El que es sano teme todo el tiempo la enfermedad. Y la muerte es un pensamiento que nos persigue todo el tiempo. Son males, así los vemos, así nos los representamos.

Epicteto consideraba, como Sócrates, que el único mal verdadero era hacer el mal al prójimo. Lo demás no es ni bueno ni malo, al no depender de nosotros, como sí depende no hacer el mal y hacer el bien.

La pandemia nos agobia, tememos la enfermedad, la ruina, la muerte. En cierta manera, ya las padecemos, sin tenerlas presentes, las sufrimos como males que pueden llegar, es nuestra representación la que nos impide la ataraxia, la tranquilidad del ánimo.

¿Qué es lo que tendríamos que hacer? Asumir que no está en nuestras manos completamente evitar un contagio, lo que tenemos que hacer más bien es cuidar a los demás para no contagiarlos.

Pueden despedirnos en cualquier momento, es una decisión que en buena medida tampoco depende de nosotros. ¿Por qué nos consumiría pensar en eso? Lo que tenemos que pensar es cómo ayudar a los demás, hacer el bien, lo que sí está en nuestras manos (yo, como maestro, por ejemplo, me concentro en que mis alumnos, a pesar de las condiciones, aprendan algo de filosofía, sigan con su formación).

¿Y la muerte? Puede llegar en cualquier momento, de formas inesperadas, hasta fortuitas, un accidente, una agresión, un asalto, incluso un rayo caído del cielo, un terremoto, un incendio nos puede matar. ¿Por qué padeceríamos pensar en la muerte? Como en aquel dicho: "Es peor pensar la muerte sin morir, que morir sin pensar en ella". La muerte de todas maneras va a llegar, es inevitable, es el destino humano, la única certeza. Representárnosla como un mal es lo que nos provoca sufrimiento.

Si no logras mantener la imperturbabilidad, lo que tienes que hacer es revisar tus representaciones sobre el mundo, reflexionar en lo que temes, en si realmente es un mal, si tú puedes controlarlo o no. Y recordar siempre que lo único que realmente controlas es tu acción moral dirigida hacia los otros. De lo único que deberías ocuparte es de no dañar a los demás.

La felicidad reside en la ataraxia, la moderación, la práctica del bien, la serenidad del ánimo, disipar los temores, asumir el destino, controlar nuestras representaciones sobre el mundo, reflexionar y llevar una vida contemplativa.

Y eso se puede hacer en todo momento, aunque haya una pandemia.

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