Hace unas horas se confirmó que Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, finalmente sí llegó a Taiwán, después de un titubeo por los esfuerzos disuasivos de China. Para entender por qué la visita de la veterana política demócrata es un problema, es necesario hacer un breve recorrido histórico.
En 1912, el movimiento nacionalista chino Kuomintang derrocó a Puyi, el último emperador chino. Se estableció entonces la República de China. Fue un cambio enorme, después de dos milenios de regímenes imperiales.
La República de China no era plenamente independiente, sino que estaba sometida a los japoneses y a las potencias imperialistas occidentales.
La isla de Taiwán, también conocida como Formosa, estaba bajo control de Japón, desde 1895.
En 1927, estalló en China continental una guerra civil, entre el Kuomintang, por un lado, y el Partido Comunista Chino, por el otro. Los comunistas buscaban establecer en China un régimen socialista, tomando a la Unión Soviética como modelo. A la par, buscaban sacudirse el dominio extranjero.
En 1937, el Imperio de Japón invadió China. Esto hizo que el Kuomintang y el Partido Comunista hicieran una tregua para enfrentar a los invasores. Esto perduró durante toda la Segunda Guerra Mundial, hasta 1945, año en que Japón fue derrotado por los Aliados.
El estatus de Taiwán se volvió problemático, pues la idea era que Japón cedería el control de la isla a China. Esto, sin embargo, no se concretó sino hasta la entrada en vigor del Tratado de San Francisco, en 1951.
Sin embargo, antes, en 1949, los comunistas chinos, liderados por Mao Zedong, derrotaron a los nacionalistas del Kuomintang.
Mao proclamó la fundación de la República Popular de China, el 1 de octubre de 1949. En diciembre, Chiang Kai-shek y los miembros del Kuomintang se retiraron de China continental y se refugiaron en Taiwán, donde se estableció la ley marcial.
Cuando Japón se retiró de la isla, no quedó claro a quién se le cedía la soberanía, si a la República de China o a la recién fundada República Popular de China.
En 1950 estalló la Guerra de Corea y los norteamericanos comenzaron a intervenir en el asunto. El entonces presidente Harry Truman ordenó que buques estadounidenses vigilaran el estrecho entre China continental y Taiwán, esto se convirtió en una forma de proteger a los derrotados de la guerra civil y evitar que los comunistas conquistaran la isla.
Desde 1949 y hasta su muerte en 1975, Chiang Kai-shek fungió como dictador en Taiwán. Durante todo ese periodo, se persiguió ferozmente a todos los opositores, especialmente a los taiwaneses sospechosos de ser comunistas.
Es importante dejar claro que los chinos del Kuomintang llegaron desde China continental a dominar a los taiwaneses, que recién se habían liberado del dominio japonés.
A la dictadura de Chiang Kai-shek en Taiwán se le conoce como "Terror blanco" y se calcula que provocó la muerte por represión de entre 18, 000 y 28, 000 personas, así como cientos de miles de encarcelamientos.
A pesar de esto, Estados Unidos respaldó a Chiang Kai-shek y la República de China, que comenzó a desarrollarse rápidamente, con esta combinación de régimen autoritario y economía capitalista.
Desde entonces, las autoridades de la República Popular de China consideran que Taiwán es parte de su territorio. Y las autoridades de la República de China consideran que toda la China continental es parte del suyo.
La realidad, sin embargo, se impuso. No era sostenible que una pequeña isla reclamara un inmenso territorio como el de China continental, además de que la República Popular de China se convirtió en una potencia.
En 1971, se votó en la ONU el tema de quién representaría a China en la organización. Finalmente, se reconoció a la República Popular de China y se expulsó a los representantes de la República de China.
Aunque los estadounidenses votaron en contra de esto, no se opusieron realmente, pues buscaban debilitar a la Unión Soviética tejiendo lazos con la China comunista.
Con la caída de la URSS en 1991, sin embargo, la República de China ha estado intentando que la ONU la admita como miembro, sin éxito.
El criterio de la ONU es que sólo hay una China, la República Popular.
Estados Unidos, por su parte, ha visto cómo China ha despegado como superpotencia económica y militar, por lo que, en este juego de ambigüedades, ha retomado su postura de intervenir apoyando al régimen que controla la isla de Taiwán.
Es importante dejar claro que para la inmensa mayoría de los países del mundo sólo existe una China, con capital en Pekín.
Sólo 13 estados (de 193) reconocen a la República de China como independiente. Y lo hacen porque les conviene económicamente.
En América, por ejemplo, países como Guatemala, Haití y Honduras tienen relaciones diplomáticas con Taiwán, a cambio de apoyos económicos, acuerdos comerciales e inversiones.
Ni siquiera Estados Unidos reconoce a Taiwán como país independiente. Desde 1979, en tiempos de la Guerra Fría, le retiró el reconocimiento.
La visita de Pelosi se da en el marco de lo que algunos reconocen como una nueva Guerra Fría. En China, esto se ve como una amenaza, porque podría ser el primer paso para que Estados Unidos le otorgue otra vez reconocimiento a la República de China.
Para Pekín, como para la ONU, sólo una China. Y Taiwán tarde o temprano tendrá que incorporarse al territorio de la República Popular.
En la narrativa estadounidense, Taiwán es un país democrático, exitoso en lo económico, por su modelo capitalista, y un ejemplo a seguir. Ciertamente, desde la muerte de Chiang Kai-shek se ha ido construyendo un sistema político plural en la isla, con elecciones libres y derechos fundamentales.
Los norteamericanos contrastan la situación en Taiwán con el régimen de partido único en China. Su objetivo es instalar la idea de que la República de China merece existir y no caer en las garras de la China comunista.
Por supuesto, es oportunismo y retórica. Los norteamericanos no dudaron en apoyar durante décadas a una dictadura en Taiwán, con tal de contrarrestar a Pekín. Y, cuando quisieron aislar a Moscú, dejaron de apoyar a Taiwán y se acercaron a los comunistas chinos.
Ahora, como China es su principal adversario a nivel global, le vuelven a dar el visto bueno a Taiwán, para provocar a China. La visita de Pelosi es eso, una provocación y un mensaje a la República Popular de que Estados Unidos está ahí, frente a sus costas, apoyando a un aliado.
Para Xi Jinping, presidente de China, la soberanía sobre Taiwán es algo innegociable. Por eso hay preocupaciones sobre la posibilidad de una escalada bélica en la zona. Por lo pronto, el Ejército Popular de Liberación, las fuerzas armadas chinas, han trasladado material bélico a la zona.
En tiempos en los que Estados Unidos ha embarcado a sus aliados europeos en el apoyo a Ucrania, que ha sido invadida por Rusia, esto abre otro frente geopolítico.
China y Rusia parecen destinados a acercarse cada vez más, para garantizar sus intereses frente a occidente.
Aquí, por supuesto, no se trata de ver quién es el bueno y quién es el malo. Todos los involucrados son potencias imperialistas. Todos están guiados por objetivos de expansión. La diferencia con la Guerra Fría es que ya no se trata de dos sistemas realmente. Rusia es un país capitalista. Y nadie consideraría que China realmente es "comunista".
Se trata del poder, el territorio, la población, las esferas de influencia y los viejos problemas ahora renovados.
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