domingo, 26 de febrero de 2023

Apuntes marxistas sobre el "racismo inverso" (parte II)


En el texto anterior concluía que el "racismo inverso" no existe en el mismo sentido que el racismo sistémico, con orígenes históricos y, sobre todo, con una función social que ha sido la justificación de la esclavitud en la Modernidad. 

Igualmente, por analogía concluía que la "misandria" no existe en el mismo sentido que la misoginia, que también ha servido para justificar la discriminación económica, jurídica y política de las mujeres. 
El "racismo inverso" y la "misoginia" no existirían como elementos ideológicos dominantes y funcionales, parte de un sistema históricamente existente. 

Pero ha quedado en el aire entonces qué serían, de qué modo existirían. Y en esta segunda aproximación intentaré dar cuenta de mis ideas al respecto, que, por cierto, han sido motivadas por el intercambio de argumentos.

Ya en la primera parte de esta reflexión hablé de cómo la base y la superestructura se moldean por la lucha de clases. Hay una relación de propietario y no propietario, de una clase que explota a la otra. Pero esa relación es dinámica. La clase no propietaria ha luchado para mejorar su posición. Esa lucha ha tenido efectos económicos, jurídicos y políticos. Y también ha tenido expresión a nivel ideológico.

La clase trabajadora ha logrado derechos laborales, la fijación de un horario, el salario mínimo, sindicatos, prestaciones como el seguro médico y la educación pública. Ha presionado en todos los niveles de la superestructura para que las leyes y los sistemas políticos se modifiquen y le otorguen beneficios. No ha sido algo fácil ni definitivo. De cuando en cuando la clase trabajadora tiene que defender lo conquistado. A veces pierde terreno y a veces gana. 

Hablando específicamente de la ideología, la clase trabajadora ha logrado condensar un sistema de ideas y discursos que cuestionan la explotación, en lugar de validarla, y que evidencian también cómo la clase propietaria domina a nivel jurídico y político. En este sentido, de la lucha de clases en todos los niveles sociales ha surgido también una dialéctica a nivel de las ideas. 

El tema es escabroso, porque podemos llegar a la conclusión de que sólo cuando la ideología revolucionaria revela el engaño de la ideología dominante y transparenta la condición de subordinación en todos los niveles, sólo entonces la lucha de clases puede ser efectiva y favorable a la clase trabajadora. Estaríamos dándole un papel de primacía a la teoría, sobre la práctica. Creo que también ambas (teoría y práctica) están sujetas a la dialéctica.

Quizá los ejemplos esclarezcan. Pensemos en un esclavo africano del siglo XVII que ha sido vendido en Haití, harto del maltrato y quizá azotado por el amo, un día entra en cólera y lo asesina. Ese acto individual de violencia contra el amo sería un caso de resistencia en el nivel más básico e irracional. Probablemente al esclavo lo atrapen y lo ejecuten, con tortura aleccionadora de por medio. 

Imaginemos que ese esclavo se convierte con el tiempo en el icono de otros esclavos, que lo toman como ejemplo, sabiendo, sin embargo, que matar a los amos, al menos de manera aislada, no sería la solución para liberarse. Imaginemos que preparan una revuelta en toda una plantación y que se revelan en grupo, asesinan a los amos y sus capataces, toman lo que pueden y escapan.

Ahí ya tenemos un nivel un poco más complejo de resistencia. La práctica ha dado como resultado la conciencia de que no se debe actuar solo. Sin duda, para matar a los amos y sus capataces debe haber un odio hacia ellos, incluso un "racismo inverso" que se opone al racismo sistémico. 

Con el tiempo, sin embargo, las autoridades coloniales de la metrópoli envían tropas que retoman el control de la plantación, persiguen a los esclavos a donde pudieran esconderse y a unos los atrapan, a otros los matan y a otros los dan por desaparecidos. Como no todas las plantaciones de Haití se levantaron y como no todos los esclavos se rebelaron, la revuelta no funcionó, finalmente.

Pero imaginemos que toda esa historia de lucha de clases ha convencido a los amos de que no les conviene estar enfrentando revueltas de esclavos todo el tiempo, por lo que algunos opinan que debe haber escarmiento ejemplar y otros que debe haber concesiones. Los primeros quieren mutilar y ejecutar públicamente a los revoltosos. Los segundos quieren prohibir los azotes y mejorar un poco las condiciones de vida de los esclavizados. Incluso hay unos que comienzan a cuestionar la esclavitud. 
Así, la lucha de clases modifica un poco las reglas. Ahora hay entre la propia clase propietaria ideas menos opresivas, que pueden irse condensando. Igualmente, en la clase no propietaria, con esas lecciones históricas y experiencias, se desarrollan ideas que antes sólo eran reacciones individuales o muy limitadas. 

El odio del negro hacia el blanco surgiría como resultado de la opresión. A pesar de su irracionalidad, tendría un papel como motor de la rebelión. Pero su muy poca complejidad no sería muy eficiente para la revolución y la emancipación. Tendría un largo camino que recorrer para convertirse en una teoría emancipatoria, una ideología contestaria que lograra oponerse a la ideología dominante. Mientras, sería sólo una especie de reflejo invertido del racismo dominante y sistémico.

¿Sería entonces algo real el "racismo inverso"? Sí, pero en otro sentido que el racismo dominante. Para empezar, sería una suerte de efecto de este último, un producto, una reacción, un reflejo. No se daría por sí mismo. Sería derivado. Eso se notaría en que, si los blancos son superiores, según el racismo dominante, para el "racismo inverso" más bien serían inferiores. Es decir, reproduciría el discurso del racismo, sólo volteando los roles.

Lo importante sería si este "racismo inverso" puede, en efecto, transformar la sociedad. Entramos en el terreno de la distopía. Si ese "racismo" invertido triunfara tendríamos, en todo caso, un mundo al revés, con los blancos esclavizados por los negros. El futuro sería lo opuesto que el pasado. 

Pero si queremos hablar del presente. Tenemos que plantear el tema del "racismo inverso" en la sociedad liberal. ¿Para qué se usa ese término? ¿Qué función tiene? Y nos damos cuenta que el uso que se le da es para desacreditar a las y los que, de manera reactiva, parecen odiar a los que odian. Los que "discriminan" a una persona por ser blanca, dentro de un sistema en el que la blanquitud sigue siendo lo dominante.

Así, los que denuncian el "racismo inverso" descalifican a estos otros racistas de "hacer lo mismo" que los racistas. Y eso es lo que desmiento. Pues los racistas dominantes hablan desde una posición construida históricamente, que no tienen esos otros "racistas". El descalificar de "racistas inversos" a los que odian a los blancos tiene una función ideológica también. Y tiene su parte de falsedad, que es lo que expuse en el texto anterior.

Pero, como he tratado de aclarar aquí, también tiene su parte de verdad. El "racismo inverso", como efecto del racismo dominante, es una posibilidad. Y algunos pueden denunciarlo con el asidero conceptual del liberalismo y la igualdad, pero también puede ser aprovechado para descalificar luchas legítimas. 

En principio, diríamos entonces que el "racismo inverso" es parte, tal vez, de la resistencia contra el racismo y la lucha de clases. Pero que, como elemento ideológico, es demasiado básico y se limita a ser un reflejo del racismo dominante. Y también es un instrumento conceptual de los privilegiados.
Es parte de la dialéctica. Un momento en el camino de la "superación de la oposición". El odio especular al blanco, denunciado por el liberal, no superaría esa oposición, si acaso la mantendría, con signo opuesto. 

El liberal puede entonces decir que "no está bien odiar" a nadie, aunque esté parado en un sistema con raíces históricas racistas y en el que perviven cualquier cantidad de prejuicios y discriminaciones reales y materiales. Pensemos en las tasas de pobreza de blancos y negros en Estados Unidos. En la diferencia de presos negros y blancos. O en la brutalidad policíaca que se ensaña sobre todo contra los afroamericanos. 

El liberal tiene parte de razón en su llamado a "no odiar a nadie", pero ese discurso se queda corto frente a los efectos económicos, jurídicos, políticos e ideológicos de siglos de racismo o odio a los negros. 

Igualmente, el negro que odia a los blancos está reaccionando, de forma básica e irracional, al sistema de opresión y el odio que padece. Pero ese odio se queda igualmente corto en la superación de la oposición. 

¿Cómo sería esa superación? La respuesta escapa, a mi parecer, al tema del racismo. Y debe incluir el sexismo, la homofobia y, en primer lugar, el clasismo y la lucha de clases. El liberal cree que puede superar el racismo, el sexismo, la homofobia y el propio clasismo sin superar el capitalismo, cuando este sistema, ésa es la médula de la cuestión, se construyó con base en el racismo, el sexismo, la homofobia y el clasismo.

Es como si quisiera "limpiar" en capitalismo de sus pecados y conservarlo así, purificado, para siempre. Otros pensamos, al contrario, que el racismo, el sexismo, la homofobia y el clasismo sólo serán superados plenamente junto con el capitalismo. Y que las luchas han de ser interseccionales. 
Frente al racismo y sus reflejos no proponemos un racismo inverso, sino lo inverso del racismo, como frente al capitalismo no proponemos simplemente el empoderamiento de la clase trabajadora y el sometimiento de la clase propietaria, sino la anulación de las clases.

sábado, 25 de febrero de 2023

Apuntes marxistas sobre el "racismo inverso"

 


En ciertos sectores y en ciertos lugares ha cobrado auge la crítica a las diversas formas de discriminación, desde las materiales hasta las lingüísticas o culturales. Se habla de racismo, sexismo, misoginia y homofobia. Y hay quienes, desde otra posición, hablan de "racismo inverso" o "misandria". 

Para dar claridad a estos temas, es muy útil la herramienta conceptual. Karl Marx, que seguramente no se ocupó del "racismo inverso", sin embargo diseñó una propuesta de comprensión diacrónica y sincrónica de la historia. Si tomamos el enfoque sincrónico, obtenemos una mirada del "edificio social", que se divide en una "base" y una "superestructura".

La base

En la base de la sociedad hay, esencialmente, dos elementos: las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Las primeras son la materia prima, las máquinas, la propia fuerza de trabajo humana y, en una palabra, lo que Marx llama "medios de producción". Las segundas, las relaciones de producción, son la manera en que los seres humanos se organizan para producir. En el caso de la sociedad capitalista, las relaciones de producción se configuran a partir de la propiedad, que establece un vínculo entre el propietario y el no propietario, a través, por ejemplo, del salario.

La superestructura

Pues bien, por encima de esa base se alza una "superestructura", que estaría determinada, en mayor o menor medida, por esas fuerzas y esas relaciones de producción. Uno de los niveles de la superestructura es el sistema jurídico, la expresión legal de las relaciones de producción, por poner un ejemplo. Así, la propiedad es consagrada por las leyes. Hay un derecho de propiedad. Y hay también un sistema penal, que castiga a los infringen las normas. 

Para Marx y los marxistas, desde aquí, las leyes son hechas para la clase propietaria, lo que no quiere decir, por supuesto, que haya una lucha de clases que también se expresa en cambios legales que favorecen a la clase no propietaria. Es una dinámica dialéctica. Lo que sí sería intocable es el derecho a la propiedad privada de los medios de producción, pues, si no lo hubiera, ya no estaríamos hablando de un sistema capitalista.

Otro nivel de la superestructura es el sistema político. La forma en que el poder de la clase propietaria se expresa en instituciones, partidos, tipos de régimen y tipos de gobierno. La república democrática representativa sería el sistema político por excelencia afín al sistema capitalista. 

De nueva cuenta, sólo con la lucha de clases, esos sistemas republicanos han dado representatividad a la clase obrera y sus partidos, lo que prepara el escenario para una lucha política revolucionaria. 

Pues bien, el último nivel de la superestructura ideológica, una especie de sistema de ideas, prejuicios, imaginarios, que tienen como función justificar, en el nivel del discurso y los esquemas de pensamiento, lo que sucede en los otros niveles de la superestructura y, principalmente, en la base de la sociedad. 

Así, por ejemplo, ideológicamente creemos que "está mal" que un obrero se adueñe de la máquina o del taller en que trabaja. Pues el propietario ha invertido en eso y es su derecho conservarlo. 

Si exploramos en otras épocas del sistema capitalista, nos encontramos con una etapa que avergonzaría a cualquier liberal. Quizá sea un abuso decir que la colonización de América se dio durante la etapa capitalista, pero sí que podemos decir con mayor fundamento que el esclavismo que se practicó en esa etapa fue un impulso para la emergencia del capitalismo moderno.

Sólo como referencia, hay que recordar que las grandes potencias desde el siglo XV y hasta muy entrado el siglo XIX (ya en pleno capitalismo) traficaron con esclavos a través del Atlántico. En los términos en los que hablábamos más arriba, la base económica de la sociedad incluía una relación de producción entre un amo y un esclavo. 

Es decir, la relación de producción "principal" entre el burgués (propietario) y el trabajador asalariado (no propietario) convivió durante siglos con una relación de producción "secundaria" entre el amo, que era no sólo patrón sino dueño del trabajador, el esclavo. 

Ahora bien, esos esclavos no provenían de cualquier lugar, sino de África. Y su color de piel era oscuro. ¿Cómo se tradujo esta realidad económica en el nivel de la superestructura ideológica? Es el origen del racismo, como ideología según la cual la "raza negra" es inferior a la "raza blanca". Y, como es inferior, de alguna manera se justifica que no goce de los mismos derechos.

En resumen, el racismo es la expresión ideológica que justificó, en la Modernidad, la relación de producción esclavista, que, como ya se ha dicho, formó parte del desarrollo del capitalismo durante varios siglos. 

El "racismo inverso"

Definido así, podemos preguntarnos si hay algún fundamento del "racismo inverso" que algunos denuncian cuando alguien es "discriminado" por ser blanco o de tez clara. Y es inmediatamente claro que no lo hay, pues, dicho sucintamente, no existe una relación de producción (base) que esté siendo justificada ideológicamente por un "racismo" contra la "raza blanca". No hay un sistema jurídico que incluya un derecho de un "amo negro" sobre un "esclavo blanco" (como sí lo existió en su momento del amo blanco sobre el amo negro) y tampoco existe un sistema político en el que el blanco esté privado de toda participación, como sí lo estuvieron los esclavos africanos por siglos. 

El "racismo inverso", como ideología, no tiene ninguna superestructura política o jurídica, y tampoco ninguna base económica, con relaciones de producción, que justificar. No hay, en este sentido, una realidad social e histórica en la que pudo haber surgido, como elemento superestructural, un "racismo inverso" del negro contra el blanco. 

En resumen, no existe el "racismo inverso", en términos sistémicos. Si existen prácticas de "discriminación" contra la gente de tez blanca, se trataría, en todo caso, de actos particulares, individuales, sin base económica ni expresión jurídica o política y, en resumen, sin asidero histórico alguno. 

Algo similar puede decirse de la "misandria", si exploramos la historia de la discriminación real, por motivos igualmente económicos y con expresión jurídica y política, contra las mujeres, que tendría como justificación ideológica la misoginia y el machismo. 

No ha habido una relación de producción en la que los varones hayan sido confinados al trabajo doméstico, por ejemplo, para que las mujeres pudieran servir como fuerza de trabajo asalariada. Y no ha habido un sistema jurídico y político que le haya negado a la mujer derechos que sí han gozado los varones (como el derecho al voto, por ejemplo, o la misma ciudadanía). La misoginia, como ideología que ha justificado esa desigualdad real, tiene base histórica, económica, jurídica y política. La "misandria" no. 

La teoría marxista de la sociedad, con enfoque sincrónico, nos sirve para desmontar las denuncias de "racismo inverso" o "misandria" que se lanzan contra las y los que luchan contra el racismo y la misoginia en la sociedad capitalista actual. El siguiente paso es que esa misma teoría, con las adaptaciones adecuadas, nos sirva para superar al propio capitalismo.

martes, 2 de agosto de 2022

Pelosi en Taiwán



Hace unas horas se confirmó que Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, finalmente sí llegó a Taiwán, después de un titubeo por los esfuerzos disuasivos de China. Para entender por qué la visita de la veterana política demócrata es un problema, es necesario hacer un breve recorrido histórico.

 En 1912, el movimiento nacionalista chino Kuomintang derrocó a Puyi, el último emperador chino. Se estableció entonces la República de China. Fue un cambio enorme, después de dos milenios de regímenes imperiales.

 La República de China no era plenamente independiente, sino que estaba sometida a los japoneses y a las potencias imperialistas occidentales. La isla de Taiwán, también conocida como Formosa, estaba bajo control de Japón, desde 1895. 

 En 1927, estalló en China continental una guerra civil, entre el Kuomintang, por un lado, y el Partido Comunista Chino, por el otro. Los comunistas buscaban establecer en China un régimen socialista, tomando a la Unión Soviética como modelo. A la par, buscaban sacudirse el dominio extranjero.

 En 1937, el Imperio de Japón invadió China. Esto hizo que el Kuomintang y el Partido Comunista hicieran una tregua para enfrentar a los invasores. Esto perduró durante toda la Segunda Guerra Mundial, hasta 1945, año en que Japón fue derrotado por los Aliados. 

 El estatus de Taiwán se volvió problemático, pues la idea era que Japón cedería el control de la isla a China. Esto, sin embargo, no se concretó sino hasta la entrada en vigor del Tratado de San Francisco, en 1951. Sin embargo, antes, en 1949, los comunistas chinos, liderados por Mao Zedong, derrotaron a los nacionalistas del Kuomintang. 

Mao proclamó la fundación de la República Popular de China, el 1 de octubre de 1949. En diciembre, Chiang Kai-shek y los miembros del Kuomintang se retiraron de China continental y se refugiaron en Taiwán, donde se estableció la ley marcial. Cuando Japón se retiró de la isla, no quedó claro a quién se le cedía la soberanía, si a la República de China o a la recién fundada República Popular de China. 

 En 1950 estalló la Guerra de Corea y los norteamericanos comenzaron a intervenir en el asunto. El entonces presidente Harry Truman ordenó que buques estadounidenses vigilaran el estrecho entre China continental y Taiwán, esto se convirtió en una forma de proteger a los derrotados de la guerra civil y evitar que los comunistas conquistaran la isla. 

 Desde 1949 y hasta su muerte en 1975, Chiang Kai-shek fungió como dictador en Taiwán. Durante todo ese periodo, se persiguió ferozmente a todos los opositores, especialmente a los taiwaneses sospechosos de ser comunistas. 

Es importante dejar claro que los chinos del Kuomintang llegaron desde China continental a dominar a los taiwaneses, que recién se habían liberado del dominio japonés. A la dictadura de Chiang Kai-shek en Taiwán se le conoce como "Terror blanco" y se calcula que provocó la muerte por represión de entre 18, 000 y 28, 000 personas, así como cientos de miles de encarcelamientos.

 A pesar de esto, Estados Unidos respaldó a Chiang Kai-shek y la República de China, que comenzó a desarrollarse rápidamente, con esta combinación de régimen autoritario y economía capitalista. Desde entonces, las autoridades de la República Popular de China consideran que Taiwán es parte de su territorio. Y las autoridades de la República de China consideran que toda la China continental es parte del suyo. 

La realidad, sin embargo, se impuso. No era sostenible que una pequeña isla reclamara un inmenso territorio como el de China continental, además de que la República Popular de China se convirtió en una potencia. En 1971, se votó en la ONU el tema de quién representaría a China en la organización. Finalmente, se reconoció a la República Popular de China y se expulsó a los representantes de la República de China. 

Aunque los estadounidenses votaron en contra de esto, no se opusieron realmente, pues buscaban debilitar a la Unión Soviética tejiendo lazos con la China comunista. 

Con la caída de la URSS en 1991, sin embargo, la República de China ha estado intentando que la ONU la admita como miembro, sin éxito. 

El criterio de la ONU es que sólo hay una China, la República Popular. Estados Unidos, por su parte, ha visto cómo China ha despegado como superpotencia económica y militar, por lo que, en este juego de ambigüedades, ha retomado su postura de intervenir apoyando al régimen que controla la isla de Taiwán. 

Es importante dejar claro que para la inmensa mayoría de los países del mundo sólo existe una China, con capital en Pekín. Sólo 13 estados (de 193) reconocen a la República de China como independiente. Y lo hacen porque les conviene económicamente.

En América, por ejemplo, países como Guatemala, Haití y Honduras tienen relaciones diplomáticas con Taiwán, a cambio de apoyos económicos, acuerdos comerciales e inversiones. 

Ni siquiera Estados Unidos reconoce a Taiwán como país independiente. Desde 1979, en tiempos de la Guerra Fría, le retiró el reconocimiento. 

La visita de Pelosi se da en el marco de lo que algunos reconocen como una nueva Guerra Fría. En China, esto se ve como una amenaza, porque podría ser el primer paso para que Estados Unidos le otorgue otra vez reconocimiento a la República de China. 

Para Pekín, como para la ONU, sólo una China. Y Taiwán tarde o temprano tendrá que incorporarse al territorio de la República Popular. 

En la narrativa estadounidense, Taiwán es un país democrático, exitoso en lo económico, por su modelo capitalista, y un ejemplo a seguir. Ciertamente, desde la muerte de Chiang Kai-shek se ha ido construyendo un sistema político plural en la isla, con elecciones libres y derechos fundamentales. 

Los norteamericanos contrastan la situación en Taiwán con el régimen de partido único en China. Su objetivo es instalar la idea de que la República de China merece existir y no caer en las garras de la China comunista. 

Por supuesto, es oportunismo y retórica. Los norteamericanos no dudaron en apoyar durante décadas a una dictadura en Taiwán, con tal de contrarrestar a Pekín. Y, cuando quisieron aislar a Moscú, dejaron de apoyar a Taiwán y se acercaron a los comunistas chinos. 

Ahora, como China es su principal adversario a nivel global, le vuelven a dar el visto bueno a Taiwán, para provocar a China. La visita de Pelosi es eso, una provocación y un mensaje a la República Popular de que Estados Unidos está ahí, frente a sus costas, apoyando a un aliado. 

Para Xi Jinping, presidente de China, la soberanía sobre Taiwán es algo innegociable. Por eso hay preocupaciones sobre la posibilidad de una escalada bélica en la zona. Por lo pronto, el Ejército Popular de Liberación, las fuerzas armadas chinas, han trasladado material bélico a la zona. 

En tiempos en los que Estados Unidos ha embarcado a sus aliados europeos en el apoyo a Ucrania, que ha sido invadida por Rusia, esto abre otro frente geopolítico. China y Rusia parecen destinados a acercarse cada vez más, para garantizar sus intereses frente a occidente. 

Aquí, por supuesto, no se trata de ver quién es el bueno y quién es el malo. Todos los involucrados son potencias imperialistas. Todos están guiados por objetivos de expansión. La diferencia con la Guerra Fría es que ya no se trata de dos sistemas realmente. Rusia es un país capitalista. Y nadie consideraría que China realmente es "comunista". Se trata del poder, el territorio, la población, las esferas de influencia y los viejos problemas ahora renovados.

martes, 12 de julio de 2022

Heráclito y el telescopio James Webb

Primera imagen difundida del universo profundo, captada por el telescopio James Webb

"Todo cambia y nada permanece" es la frase que condensa el pensamiento del filósofo Heráclito, nacido en Éfeso y apodado "El Oscuro". Tal vez su metáfora más conocida es la del río: "Nunca nos bañamos en el mismo río", porque el río es un flujo, su "ser" depende de dejar de ser lo que era. Sólo sigue siendo un río porque ya no es el mismo río que era. Sus aguas son otras. 

Pero, como el río, nosotros mismos también somos un proceso. Ni el río es el mismo, ni nosotros tampoco. Pero sólo porque ya no somos lo que éramos seguimos siendo lo que somos. El lector que ha llegado hasta aquí ya no es el mismo que empezó esta lectura. Ya cambió y sólo por eso sigue siendo el mismo. El ser reside en dejar de ser. 

¿Por qué somos ahora lo que somos? Porque dejamos de ser lo que éramos antes, niños, jóvenes, estudiantes. Somos también un flujo. Heráclito lo simbolizaba con el fuego. Si vemos una flama, es un movimiento, sigue siendo una flama porque constantemente cambia, en la combustión. Es porque deja de ser. 

El pensamiento de Heráclito conduce a una lógica y una metafísica distinta de la habitual, es decir, la de Parménides y la de Aristóteles. Lo que existen no son "sustancias" o "cosas", con "accidentes", sino procesos, movimientos, que sólo por abstracción entendemos como algo "fijo". Igual, la contradicción no es un problema, es lo que mejor describe ese flujo. El ser está determinado por el no-ser.

Pues bien, hace unas horas el telescopio James Webb reveló su primera imagen del universo profundo. Pueden verse cientos o miles de puntos de luz, que son galaxias, algunas situadas hasta 13 mil millones de años luz de distancia.

Eso quiere decir que lo que vemos ya no existe. O no es como lo vemos. Pues esas luces se emitieron hace miles de millones de años y apenas podemos captarlas. Es más, muchas de las galaxias que vemos estaban ahí cuando ni el Sol ni la Tierra existían. Vemos el pasado, un instante congelado de procesos que han continuado. Es probable que esas galaxias hayan colisionado, se hayan alejado, ya no estén ahí o sean muy diferentes. No lo sabemos y no lo podremos saber.

Todo cambia, menos la misma ley del cambio. Si una galaxia situada a miles de millones de años luz ya no es la misma a pesar de que la estamos viendo, eso es válido incluso para nuestras propias manos: por muy cerca que estén, la luz que se refleja en ellas y llega a nuestros ojos tardó un tiempo en llegar, aunque sean nanosegundos. El Sol mismo, que podemos ver, es el que era hace poco más de ocho minutos, que es lo que tarda su luz en llegar a nuestro planeta.

No hay "cosas", hay flujos, procesos, cambios. El ser es porque deja de ser lo que era. El ser es porque ya no es el mismo ser. Frente a la tiranía del pensamiento parmenídeo, vale la pena tomar una dosis de la pócima de Heráclito.

lunes, 11 de julio de 2022

Pandemia y estoicismo

                    Harmen Steenwijck - Vanitas

Epicteto fue esclavo desde niño. Nació en una pequeña ciudad ubicada en el territorio de la actual Turquía y fue llevado a Roma, para servir en la casa del secretario de Nerón. Pasó toda su infancia, toda su adolescencia y su juventud en esa condición.

No sabemos cuándo fue liberado, pero sí que se dedicó a la filosofía, es lo que eligió cuando obtuvo su libertad. La suerte parecía no estar de su lado. El emperador Domiciano lo condenó al exilio, junto con todos los filósofos que hubiera en Roma, los consideraba rebeldes y peligrosos (también expulsó a los que se dedicaran a las matemáticas y la investigación de la naturaleza).

Epicteto entonces tuvo que dejar la ciudad en la que había vivido casi cuarenta años. Se dirigió a Nicópolis, una tranquila ciudad costera de Grecia, y ahí fundó su escuela.

Enseñaba el camino a la "ataraxia", la imperturbabilidad, el mantener un estado de ánimo tranquilo, sereno, seguro, sin sobresaltos.

¿Cómo se lograba eso? Controlando nuestras "representaciones" y nuestras emociones sobre el mundo.

El desasosiego, la intranquilidad, el miedo, la ira, surgen de las representaciones que nos hacemos del mundo. Creemos que la pobreza, la enfermedad o la muerte son males que nos amenazan, siendo que, en realidad, no dependen de nosotros.

Él, que había sido esclavo casi por nacimiento, ¿cómo se podría perturbar por eso? Sería en todo caso su Destino, algo que no estaba en sus manos. Lo más prudente para la tranquilidad del alma es aceptarlo, asumirlo, sin agobiarse por ello.

El que tiene riqueza teme caer en la pobreza. El que es sano teme todo el tiempo la enfermedad. Y la muerte es un pensamiento que nos persigue todo el tiempo. Son males, así los vemos, así nos los representamos.

Epicteto consideraba, como Sócrates, que el único mal verdadero era hacer el mal al prójimo. Lo demás no es ni bueno ni malo, al no depender de nosotros, como sí depende no hacer el mal y hacer el bien.

La pandemia nos agobia, tememos la enfermedad, la ruina, la muerte. En cierta manera, ya las padecemos, sin tenerlas presentes, las sufrimos como males que pueden llegar, es nuestra representación la que nos impide la ataraxia, la tranquilidad del ánimo.

¿Qué es lo que tendríamos que hacer? Asumir que no está en nuestras manos completamente evitar un contagio, lo que tenemos que hacer más bien es cuidar a los demás para no contagiarlos.

Pueden despedirnos en cualquier momento, es una decisión que en buena medida tampoco depende de nosotros. ¿Por qué nos consumiría pensar en eso? Lo que tenemos que pensar es cómo ayudar a los demás, hacer el bien, lo que sí está en nuestras manos (yo, como maestro, por ejemplo, me concentro en que mis alumnos, a pesar de las condiciones, aprendan algo de filosofía, sigan con su formación).

¿Y la muerte? Puede llegar en cualquier momento, de formas inesperadas, hasta fortuitas, un accidente, una agresión, un asalto, incluso un rayo caído del cielo, un terremoto, un incendio nos puede matar. ¿Por qué padeceríamos pensar en la muerte? Como en aquel dicho: "Es peor pensar la muerte sin morir, que morir sin pensar en ella". La muerte de todas maneras va a llegar, es inevitable, es el destino humano, la única certeza. Representárnosla como un mal es lo que nos provoca sufrimiento.

Si no logras mantener la imperturbabilidad, lo que tienes que hacer es revisar tus representaciones sobre el mundo, reflexionar en lo que temes, en si realmente es un mal, si tú puedes controlarlo o no. Y recordar siempre que lo único que realmente controlas es tu acción moral dirigida hacia los otros. De lo único que deberías ocuparte es de no dañar a los demás.

La felicidad reside en la ataraxia, la moderación, la práctica del bien, la serenidad del ánimo, disipar los temores, asumir el destino, controlar nuestras representaciones sobre el mundo, reflexionar y llevar una vida contemplativa.

Y eso se puede hacer en todo momento, aunque haya una pandemia.

"Checo" Pérez y el azúcar

En una obra clásica, Sidney Mintz estudió la producción, el consumo y las relaciones de poder involucradas con el azúcar, sobre todo desde l...